Cuaderno de notas de Miguel Pasquau Liaño

martes, 27 de septiembre de 2016

Tanta culpa


Hice bien mi trabajo: embadurné la causa con argumentos y objeciones procesales y el Juez acordó el sobreseimiento por temor a verse envuelto en una maraña de posibles nulidades. A los pocos días ella llegó con gesto severo a mi despacho. “Quiero que me enjuicien”, dijo. Primero pensé que lo que pretendía era que se demostrase su inocencia, pero ella siguió: “¿Sabe en lo que me ha convertido? En un delito -dijo-, estoy podrida por su culpa, usted me ha robado mi derecho a ser castigada”. No supe reaccionar. Comprendí, demasiado tarde, que esa mujer necesitaba una condena como la única ofrenda que podría reparar tanta culpa. Sus últimas palabras resuenan todavía en mi despacho con más fuerza aún que el disparo en la boca: “Mire esa mierda”, dijo, señalando el cenicero: “es la fotografía de mi alma”. Su nombre era Alma, y aún cargo con sus cenizas.



lunes, 19 de septiembre de 2016

¿Y si vamos cambiando de tema?



Encuestas, declaraciones sobre encuestas. Soria (pero no la provincia), Barberá o Griñán. Pleno o comisión, imputación o investigación,v aforamiento. Gobierno, oposición, abstención o pacto. Referendum, barones territoriales, competencias de un Parlamento, nuevas elecciones. Corrupción, y tú más. Escaños, sillones, responsabilidades. De esto es de lo que trata la conversación política en España desde hace meses. Trata de cosas fáciles, de las que cualquiera puede opinar, como en el fútbol: basta con tener preferencias, con activar las filias y las fobias. Fáciles, y también inanes: cuando la política genera una conversación circular, ensimismada y autorreferencial (es decir, cuando la política trata sobre la política misma), es bien fácil entrar en el terreno de la inanidad: una inanidad "interesante" porque hace discutir (incluso con encendida pasión), alimenta tertulias radiofónicas y columnas periodísticas, pero se agota en sí misma y es campo fértil para la estupidez de invernadero.

Es sólo un ejemplo de inanidad: Rivera saca pecho y se atribuye el mérito de haber conseguido nada más y nada menos que el abandono por Rita Barberá de su militancia en el PP. Digo que es inanidad porque por vistoso que resulte el asunto, pónganse a pensar lo poco que importa a un ciudadano que una senadora siga siendo senadora pero abandone el partido político en el que militaba. 

Está bien que se hable de todo esto, de la corrupción, de la crisis de un partido, de los códigos éticos del otro, de las declaraciones de unos sobre las declaraciones de otros, pero ese bucle circular alejado de las decisiones sobre vivienda, refugiados, salario mínimo, TTIP, impuestos, educación, despido, desregulación, dependencia o pobreza, genera alienación y condena a la sociedad a transitar por espejismos. Digo "alienación" porque, tan entusiasmados estamos con el debate partidista, que acabamos creyendo que la victoria del partido al que se prefiere supone en sí mismo un bien moral, con independencia de lo que luego ocurra; y digo "espejismos" porque acabamos situándonos ante cualquier asunto relevante de la realidad (un atentado, una subida del empleo, las listas de espera de atención sanitaria, o incluso una guerra) en una falsa perspectiva más atenta a lo que conviene al discurso de un partido que a la realidad misma.

Uno de los efectos negativos de la corrupción es que resulta tan llamativo que posterga a un segundo plano lo importante, es decir, la política como acción sobre la realidad. Yo estoy harto del vedettismo de la corrupción. Es importante que los cargos públicos sean honestos y ejemplares, no faltaba más, y es bueno que funcionen los controles políticos, administrativos y judiciales; pero mientras nos ocupamos con ardor de si una señora sigue o no en su escaño, o de si alguien está imputado o sólo investigado, hay decisiones que se toman y otras que no se toman, hay servicios públicos que se deterioran y objetivos ambiciosos que no se persiguen.

¿Se imaginan un Instituto cuyos profesores pasasen la mayoría de la clase hablando de lo que se discutió en el claustro, de quién puede ser el próximo director, de si la distribución horaria se hizo mal para favorecer los intereses personales de algunos profesores, o del régimen de sustituciones de corta duración? Es como si los futbolistas de un club dedicasen más tiempo en los entrenamientos a preparar las declaraciones de después del partido que de ensayar jugadas de ataque y de defensa.

Cuando los políticos hablan más de lo suyo que de lo nuestro, mal asunto. Pero aún sería peor que nosotros mismos nos interesásemos más de lo suyo que de lo nuestro,

martes, 13 de septiembre de 2016

Elogio de la ineficiencia.



Lo "eficiente" es bueno, porque ahorra costes (o esfuerzos, o tiempo) y maximiza la utilidad (o el placer, o el beneficio). Hay personas abrumadoramente "eficientes", que toman decisiones racionales sopesando ventajas e inconvenientes, y las toman a tiempo: el camino más rápido, la mejor relación calidad/precio, el momento más ídóneo. Tienen una especial habilidad (o ánimo) para hacerse una composición de lugar y decidir bien. Suele ser conveniente dejarse llevar por sus capacidades organizativas, sin "peros": generalmente, aciertan.

Yo no soy una persona eficiente. Muchas, demasiadas decisiones me toman a mí, por imprevisión (no por indecisión): cuando llega el momento de elegir una cosa u otra, compruebo que ya es tarde, porque para elegir uno de los caminos apetecidos debía haber tomado antes alguna previsión o debería haberme informado mejor. Se me ocurren buenas ideas, pero cuando ya no son posibles, porque falta un sello que no había comprado, una reserva cuando todavía había plazas, o una llamada que no hice, Suelo elegir la peor cola, me equivoco de hotel, compro un electrodoméstico peor y más caro, decido irme de excursión el día que va a llover o me veo en un restaurante en el que sólo tienen comida precocinada para turistas. Quizás es que decido no gastar esfuerzo en la elección y liberar el presente de los compromisos de pasado mañana y confío demasiado en el "dios proveerá", que a veces es una virtud de los grandes, pero otras es una resignación anticipada, o incluso pereza.

Pero cuidado con la eficiencia. A veces aplasta el gusto (el coche amarillo es más visible y puede evitar más accidentes, pero quizás es feo), o unifica falsamente criterios que no se sitúan en el terreno de la utilidad, sino en el de la belleza, el capricho o incluso la comodidad: quién sabe, quizás ese restaurante de cocina precocinada tiene un ventanal desde el que se contempla una plaza que te hace sentirte bien. O el hotel sin esa estrella de más, por el mismo precio, tiene un detalle que te entusiasma, como un árbol en la entrada o un escritorio situado frente a la ventana, o un recuerdo de otro tiempo que quiero revivir. O simplemente te aburre comparar precios y asumes pagar un poco más para eludir ese enojo. Lo mismo ocurre con el trayecto: hay despistes e involuntarias desobediencias al GPS o a la guía de lugares recomendables que te hacen descubrir una venta con una terraza bajo una parra donde el café de mala calidad sabe de maravilla. Lo que quiero decir es que cada persona debe saber permitirse márgenes de ineficiencia: lo contrario hará de los caminos eficientes un lugar aglomerado, y de las vidas un recorrido uniforme que despreciará o dejará en el olvido una tradición, una manía, un gusto que pueden echarse de menos con el tiempo. La clave está en saber soportar los errores: por cada tres, o cinco, quizás uno encuentre un acierto que puede resultar decisivo. Sobre todo, una relativa despreocupación por la eficiencia puede resultar simplemente saludable en sí misma.

Ya sé que el eficiente también pondera esas circunstancias subjetivas, y puede elegir algo más caro porque ha buscado otro tipo de utilidad. Me diría: "decide bien lo que quieres, sea lo que fuere, y elige el mejor camino para lograrlo". Ya. ¿Qué puede responder a eso un ineficiente? Pocas cosas en voz alta. En voz baja, quizás sí: en voz baja puede uno decir que una cierta indiferencia hacia lo eficiente puede ser eficiente, y al menos así se embrolla la cosa. Los arcenes de la carretera suelen ser ineficientes, incluso intolerables para el que lleva prisa y no puede adelantar por su izquierda, pero vivir sin márgenes es un sinvivir. Y no me diga que el eficiente es el que sabe delimitar bien la línea exacta del margen de la ineficiencia, porque me hunden.

domingo, 11 de septiembre de 2016

"El juez" (Christian Vincent)



Lo llamativo de esta película (que no debe confundirse con "The judge", de David Dobkin) es que cuenta con muy pocos ingredientes, como los mejores edificios neoclásicos: un guión escueto con escasos adornos exteriores, unas ventanas por las que se adivinan interiores, una muy buena interpretación de dos personajes y una bellísima canción, "Dreamers", de Claire Denamur (que puede escucharse pinchando arriba). 

Las líneas rectas del guión aparente se trazan alrededor de un juicio con jurado a un hombre acusado de matar a su hija de siete meses, quien, pese a algunas evidencias, se limita a negarlo atormentadamente. Pero el guión real está dentro de una de las ventanas, y consiste en un movimiento del alma del presidente del tribunal, representado por Fabrice Luchini, un veterano juez a quien los abogados llaman "el hombre de las dos cifras" porque las condenas suelen exceder de los diez años, y que se presenta como una persona huraña, con tendencia a la soledad y que no cuenta con el aprecio de sus compañeros de foro (salvo con su solícita funcionaria, representada por Claire Assali). No estrecha la mano para no contagiar la gripe, no se interesa por las pequeñas historias de los demás, ni siquiera por la verdad de los asuntos que debe enjuiciar, porque cree que la Justicia no suele ser capaz de hacer estallar la verdad, sino sólo de reafirmar los principios de la ley. 

El movimiento del alma alrededor del que gira la película se produce cuando se encuentra entre los miembros del jurado a Ditte Lorensen-Coteret, representada por la magnífica Sidse Babett Knudsen (la protagonista de la serie "Borgen"), una médico anestesista de la que unos años antes se enamoró en secreto cuando le cogió la mano en la sala de reanimación después de una intervención de cadera y vio en su cara la perfección de la vida, quizás por el bienestar de la dosis de sedantes unida a la magnética fascinación que producen sus ojos y su sonrisa. Su relación, entonces, apenas se limitó a una carta que no fue contestada y a un mensaje de SMS después de una cena a la que la invitó junto al cirujano y la esposa de éste: "Te echo de menos". Pero ella contestó con un  decepcionante "Ha sido una cena muy agradable".  La presencia en la sala de esa mujer provoca una turbación en el juez que sólo se aprecia en pequeños detalles (sólo buenos actores, como Luchini, pueden representar con un gesto contenido esa turbación), pero que se va haciendo evidente. Con una audacia a la que no está acostumbrado, que incluso le hace correr en una escena para verla de lejos al salir de una de las sesiones, la busca: aprovecha que no había borrado su contacto de su teléfono móvil y le envía un WhatsApp preguntándole si podrían tomar algo juntos. Ella acepta: "Si vous voulez". Los diálogos de ese encuentro (en realidad fueron dos, uno de ellos con la encantadora hija de la médico, que asistió a la sesión de esa mañana para ver a su madre en los estrados) son excepcionales y justifican una película entera. 

A medida que avanza el juicio, el juez, sentado en el mismo estrado que la anestesista, empieza a dar la mejor versión de sí mismo como profesional: por ejemplo, con dos preguntas al policía que declara como testigo consigue abrir un boquete de dudas sobre la entereza del  atestado de la declaración autoinculpatoria del acusado ante la policía, que era la principal prueba de cargo. Terminado el juicio, la funcionaria se atreve a felicitar al juez por lo bien que había llevado las sesiones de un juicio tan difícil.

Y esa última escena, que no cuento porque tiene que ser vista y oída. Bastará decir que no se trata de la lectura del veredicto, que apenas cobra importancia en el guión.

martes, 6 de septiembre de 2016

Un momento que bien vale un verano.

video





He elegido un momento del verano, reflejado en este vídeo casero, como palanca para reanudarme a mí mismo. La historia, completada con algo de imaginación, es poco trascendente, pero fascinante.

Ella es francesa. Tiene una voz educada con esmero en academias de canto. Seguramente forma parte de algún coro. Sabe modular su intensidad, sabe hacer giros, sucesiones, variaciones. Le gusta cantar y sabe cantar. Decidió hacer el Camino de Santiago, y el azar la llevó a alojarse en el albergue de peregrinos del viejo monasterio de Sobrado de los Monjes, perdido en el interior de la provincia de Lugo. 

En el viejo monasterio cisterciense hay todavía una comunidad reducida de unos quince monjes. Ya no llenan el monasterio, ya se recluyen en dependencias bien  acondicionadas, rezan en una capilla íntima, y reservan una parte de la edificación a hospedería para personas que buscan descanso o quizás una experiencia espiritual, como mi padre hace cuarenta años. El templo está abandonado, vacío, y apenas conserva el eco de los maitines y las vísperas de tantos siglos de gregoriano. Hay palomas, hay vidrieras rotas, hay piedra que resiste.

Ella visita la iglesia, quizás escucha el eco de sus pasos, la sonoridad del templo. Quizás se impresiona por el silencio de un templo que tanta música albergó. Y prueba. Y comprueba la prodigiosa sonoridad de su voz en el templo. Se sienta en el primer banco, y reza dos veces (¿quién dijo que cantar es rezar dos veces?). La casualidad me llevó a mí también, en ese momento, a ese templo. Primero pensé que era música ambiental dispensada desde un buen equipo, para darle vida a la visita turística. Pero pronto compruebo que la voz está viva, que sale de la chica que está sentada en el banco y va subiendo por las paredes, llegando a la cúpula, esparciéndose por los pilares, jugueteando con los arcos y las capillas laterales. Un templo acústico que es un lujo para ella, una voz que es un lujo para el templo. Un momento prodigioso que me hace sentir la importancia del eco. El eco de su voz, sobrepuesto al eco casi extinguido del canto de los monjes de tantos siglos. Y me conforta comprender que casi nada de lo que hacemos se hace en vano, porque los restos de un templo de repente reviven, como ascuas, y sirven de resonancia para una voz nueva que algún día también se extinguirá. Pero no hacen falta muchas palabras: es mejor oír su voz, por más que mi cámara no pudiera capturar la verdadera sonoridad de ese momento que bien vale un verano.

jueves, 28 de julio de 2016

El volumen de agosto.

Jueves, 28 de julio. Tareas contadas y apuntadas antes de que se acabe el mundo. Pero, no por el calor, sino por lo comprimido de la cuenta atrás del tiempo hábil, cada gestión, cada tarea, cada llamada, cada correo electrónico, cada uno de los asuntos que aún quedan encima de la mesa por resolver, parecen gigantes, más que molinos de viento. Es culpa de agosto, que espera su turno. O quizás es culpa mía, que tengo un sentido sacramental de agosto: ningún colgajo debe contaminarlo. Agosto requiere mesa limpia, requiere cajones cerrados, requiere un orden al menos aparente que te permita salir y cerrar la puerta con doble llave para emprender un viaje al centro de gravedad de tu vida, que como todo el mundo sabe ya, se encuentra en algún momento indefinido en torno a los días 6, 7 u 8 de agosto, cuando ya lleva uno varias noches y varios días sumergido en la eternidad del verano, de todos los veranos acumulados, y uno no tiene ni idea de si es jueves o lunes, porque el tiempo a primeros de agosto se cuenta de manera diferente, no se mide en calendarios, sólo hay una sucesión de noches y mañanas que conforman no un día, ni una semana, sino una época que comenzó en la infancia más remota.

El Parlamento de Cataluña insiste en desconectar del Estado. Más le valdría desconectar de sí mismo, cerrar por vacaciones, dispersarse, diluirse. Por su parte, la villa y corte de Madrid sigue agitada alrededor de un bloqueo político que no sé ya si es el resultado de un tacticismo estúpido, o si es algo más grave, un desencuentro de prioridades del que no resulta ninguna prioridad suficientemente compartida.

Me permitirán que desconecte de la desconexión catalán y del bloqueo madrileño, igual que desconectaré de las calles habituales, de la alarma del móvil e incluso de la cobertura de internet, que a esta altura del año parece sucia y viciosa, demasiado llena de cosas de las que quiero alejarme. Tengo derecho a agosto, un tiempo menor, respecto del año, que el que el domingo supone para cada semana. Una doceava parte de nada. Muy poco tiempo libre. Sólo hay una manera de compensar esa penuria: hacerlo extremadamente libre, y por tanto, más ancho y más profundo. Porque aunque la longitud de agosto no pueda pasar de 31 días, su volumen puede rozar el infinito.

lunes, 25 de julio de 2016

El estorbo de los derechos humanos.

Erdogán suspende la Convención Europea de Derechos Humanos en territorio turco, amplía a 30 días el plazo de detención policial sin control judicial (que es tanto como abrir un espacio impune para la tortura), depura jueces y fiscales por decreto, expulsa a maestros por razones ideológicas y anuncia el restablecimiento de la pena de muerte. Es fácil imaginar el discurso con el que justifica esas medidas: se trata del orden y de la seguridad. Haríamos bien si traducimos: se trata del poder. Alguien debería decirle sin complacencias que una suspensión arbitraria de los derechos humanos no es otra cosa más que su vulneración definitiva. Lo peor es que alguna ciudadanía europea, atrapada en en la ideología de la seguridad, está dispuesta a comprenderlo. Es una tragedia y no podemos mirar a otro lado.

A mitad del siglo XX la comunidad internacional firmó la Declaración Universal de Derechos Humanos, y lo mejor de Europa suscribió la Convención Europea de Derechos Humanos. El mundo acababa de salir de una gran guerra con millones de víctimas y un deterioro descomunal de las relaciones entre los pueblos, marcada por la imposición de la lógica del poder y de los intereses económicos frente a la lógica de la dignidad de la especie humana, convertida en piltrafa, en campos de concentración, en trincheras llenas de cadáveres, en zonas arrasadas por bombas nucleares, en una generación entera perdida en el odio nacionalista inducido por los gerifaltes que manejaron los hilos desde sus despachos y búnkeres. Aquello supuso la constatación de que, tantos siglos después de aparecer la civilización humana, todavía somos capaces de las peores monstruosidades. Más evidente no pudo ser. Por eso la humanidad herida, de la mano de algunos líderes que se propusieron rebuscar en lo mejor de la filosofía moral y política, se puso en marcha y quiso proponerse a sí misma un horizonte que la salvara del infierno que acababa de conocer. Ahí está la grandeza histórica del siglo XX.

Los derechos humanos no son documentos de papel mojado, como tantas veces se dice desde la trinchera escéptica. Lo serán si les echamos agua. Si, en cambio, los sujetamos con cemento y hormigón, ganan en resistencia y son útiles. Ese cemento está en los pactos constitucionales, en los tribunales internacionales, en las garantías a cuyo servicio están las instituciones políticas y judiciales, que a diario interponen límites infranqueables a las decisiones arbitrarias del poder. Y, sobre todo, en la radical convicción de cada individuo de que merece la protección y la dignidad que en esos documentos se le reconoce. Esa radical convicción es imprescindible para que los derechos no se pierdan en los laberintos de los matices, las excepciones, los asuntos de Estado y las exigencias de la "eficacia" (policial, económica, política). Los derechos humanos, o son radicales, o no son derechos humanos, sino un catecismo de buenas intenciones para tiempos fáciles. Por eso aquí los llamamos derechos "fundamentales": sin ellos dejamos de ser como habíamos querido ser.

Pero sepamos que esta radicalidad de los derechos humanos comporta costes. Es algo que habría que aprenderse desde el Colegio. La garantía de los derechos puede, claro que sí, mermar otros objetivos legítimos, y tienen no sólo la cara amable que todos estamos dispuestos a compartir cuando el viento sopla a favor, sino el envés duro y difícil de unos límites infranqueables que nos impiden atajos para llegar más rápido: la tortura, por ejemplo, es eficaz para descubrir y prevenir delitos, pero nos la hemos prohibido. La Declaración Universal de Derechos Humanos y la Convención Europea de 1950 proponen algo tan grande como renunciar a cualquier objetivo que deje víctimas en la cuneta, aunque no sean "nuestras víctimas". No es fácil, y hemos de saberlo. Junto a los murales bonitos que hacen nuestros colegiales hablando de vida, de paz, de dignidad, de respeto, de igualdad, lanzando globos al aire, hay que reservar un apartado lleno de advertencias: sepa usted que si de verdad comparte la filosofía moral de los derechos humanos universales, tendrá que renunciar a muchas cosas. Sepa usted que esto va en serio, y que cuando entre en conflicto una política determinada que a usted le beneficia, con el derecho humano de un tercero, usted tiene que ponerse de parte del derecho. Si no, los derechos no serán de la especie, sino del grupo que ha caído en el lado del poder. O los derechos humanos se defienden rígidamente también en situaciones de conflicto, o se convierten en una inmensa mentira. O son universales e incondicionales, o hemos perdido.

El poder de Erdogán se ha desembarazado de los límites de los derechos humanos como de un estorbo. Cuando haya conseguido sus objetivos, volverá a restablecerlos. Pero en el camino, hemos sufrido otra derrota. Es importante reconocerlo y lamentarlo. Erdogán, al menos, debería comprobar que la comunidad internacional, en particular la europea, lo considera un traidor. Debería saber que Europa da más importancia a los derechos de los disidentes turcos que a sus intereses en Turquía, y que está dispuesta a perder ventajas si para conservarlas se le exige la moneda de cambio de los derechos humanos. Ojalá las autoridades europeas sientan el apoyo de sus ciudadanos en esa intransigencia. Mejor es perder un aliado que dejar fuera de la alianza a los derechos que nos dan un sentido moral.