Cuaderno de notas de Miguel Pasquau Liaño

jueves, 8 de diciembre de 2016

"Hablando del asunto", J. Barnes



El asunto es el amor. El tema es un triángulo amoroso en la modalidad "dos amigos que quieren a la misma mujer al mismo tiempo durante mucho tiempo y  una mujer que los quiere sucesivamente con un pequeño tiempo de transición". El tono es el que resulta de un foco indiscreto que no se conforma con las palabras y las superficies, y busca los detalles definitivos, esos átomos de los sentimientos que les dan consistencia definitiva, y que por lo general no son los más recordados cuando queremos contar lo que nos ha pasado. La técnica es una conjunción de tres voces (Stuart, Gillian y Oliver) que hablan en primera persona y se dirigen a ti, al lector, por separado: te cuentan las mismas cosas cada uno desde su manera de haberla vivido, te preguntan, te advierten de lo que va a decirte el otro, te recriminan por lo que estás pensado de ellos, hacen esfuerzos porque los comprendas y nunca te mienten salvo que se estén mintiendo a sí mismos. La forma es una literatura impecable que te trae y te lleva y, cada dos o tres páginas, produce "un relámpago de verano cruzando el cielo subsahariano".

Sí, es otra de esas "mejores novelas" que he leído en mi vida. Los tres personajes van formándose de la nada, con rasgos certeros que, más que describir, conforman una manera de ser de la que ninguno puede escapar en su desarrollo. Cada uno de ellos se va haciendo con relación a los otros, igual que los colores: "cuando pones dos colores uno junto al otro, eso afecta a la forma en que ves cada uno de ellos". Quizás Gillian, la voz más débil, el perfil menos definido porque tarda mucho en hablar de sí misma, es el personaje que se va descubriendo a medida que avanza la novela: Stuart y Oliver son como son, basta con lo que dicen de sí mismos, y con lo que de cada uno dice su amigo, para que sepamos qué va a pasar con ellos. Lo que no sabemos al final de cada capítulo es lo que va a pasar con Gillian. Es Gillian la que hace avanzar el guión.

El fluido de la novela es el amor. Apenas hay otra cosa. El errático Oliver, ése del que Gillian dice que es de los que "cuando aciertan, realmente da gusto estar con ellos, y cuando se equivocan, fallan por un kilómetro", se enamora fulminantemente y a su pesar de Gillian justo cuando acaba de casarse con su amigo Stuart, y en ese mismo momento sabe que no tendrá más remedio que dedicar su vida a conseguir que Gillian lo quiera (y lo quiera absolutamente) a él, porque no es de los que se enamoran en vano. La voz de Oliver es la que golpea más fuerte, la que hace imposible que predomine la primera persona de Stuart, la que convierte a Gillian en una joya que hace milagros, la que hace que tú, el lector al que se dirigen por separado, no puedas dejar de desear que Gillian se parezca a quien Oliver ama, y no a quien ama Stuart, aunque llegue a producir compasión la manera en que Stuart no puede escapar del retrato de que él hace su amigo Oliver.

Ni una reflexión, ni un juicio: sólo hechos, sentimientos, cosas, cajas de cereales haciendo chac-a-chac, chac-a-chac, rosales plantados en el extremo de un cultivo como sistema de advertencia (porque al parecer muestran antes las señales de la enfermedad), un vestido para dos bodas, un perro sordo, dos cigarrillos en un cenicero, y tres personas rozándose.

"Amor, etc. La proposición es simple -dice, claro, Oliver-. El mundo se divide en dos categorías: quienes creen que el propósito, la función, el acompañamiento y la melodía principal de la vida es el amor, y que todo lo demás -todo lo demás- es únicamente etc; y aquellos otros, esos numerosos desdichados, que creen fundamentalmente en el etc. de la vida. Para quienes el amor, por muy agradable que sea, no es sino una pasajera agitación de la juventud, el parlanchín preludio a la obligación de cambiar pañales, pero no algo tan sólido, inmutable y fiable como, digamos, la decoración del hogar. Esa es la única división entre las personas que cuenta".

"Amor, etcétera". Lo sé: es el título de otra novela de J. Barnes, publicada diez años después, que sigue a ésta, y que pronto leeré.


PS: Yo sé que ahora debería estar hablando de "Casa Luna", pero se me ha cruzado esta novela y ha distraído mi atención hacia el etcétera...



Mácula

Me encantan las explicaciones teológicas sobre el dogma de la inmaculada concepción, ese piropo a María que quiso racionalizar la Iglesia de una manera formidable. 

Quienes han olvidado lo que debieron aprender en las clases de religión se creen que estamos hablando de virginidad, de espíritu santo y de cómo fue concebido Jesús. Es decir, que el dogma se refiere a la concepción de Jesús, que sería "inmaculada" por no haber existido cópula. De manera que la cópula, que es lo que literalmente sostiene y multiplica la vida, sería una especie de mácula. 

No, es algo mucho más interesante que ese dato biológico tan inverosímil como es que una mujer dé a luz un hijo sin haber conocido varón, algo que mi razón no sabe creer, porque no imagina a Dios creando un espermatozoide divino para insertarse en la historia de la humanidad: ¿con qué carga genética? ¿con los rasgos físicos de Dios? Discúlpenme estas preguntas arrianistas que sin embargo no constituyen una enmienda al último dogma de la iglesia católica: el de la inmaculada concepción.

Concebida sin pecado original. Eso es lo que significa. Imaginada y elegida por Dios con premeditación, preservándola de la mácula de la condición humana, es decir, el pecado original. Porque para entender el dogma hay que creerse eso del pecado original: la tendencia a la entropía que anida en la condición humana, la proclividad a dejarse llevar por lo que no conduce al plan de Dios. La iglesia extrajo este dogma de aquella manifestación del arcángel Gabriel, de la que no hubo ningún testigo directo: "llena de gracia". Es el más grande piropo católico: tú no, tú estás a salvo de la tara de ese pecado original. Tú fuiste elegida no por tus méritos, tú eres también una creación espiritual directa de Dios, que te eligió como madre de quien habría de verter sobre el mundo el mensaje más divino jamás escuchado por la humanidad. Incapaz de pecar: un paréntesis, un eslabón suelto en la estirpe. Mucho más interesante que esa vulgaridad de preguntarnos qué resultado daría una prueba biológica de la paternidad de Jesús.

martes, 6 de diciembre de 2016

Un diagnóstico constitucional a grandes rasgos.

La Constitución (la de 1978) tiene varios tipos de contenidos. Están las normas "suelo", que definen el Estado y sus reglas básicas de funcionamiento, y consagran unos derechos intocables a disposición de cada individuo, se encuentre en minoría o en mayoría; y están también las normas "horizonte", que señalan horizontes de acción política. 

Sobre el "suelo" constitucional hay un generalizado consenso que no debemos despreciar, porque probablemente constituye el núcleo más importante del texto constitucional: me refiero al procedimiento democrático para la elección de los miembros del poder legislativo, a la consagración de unos derechos "fundamentales" (es decir, con el máximo rango e intensidad de protección jurídica), a la separación de poderes, al pluralismo de partidos políticos, a la existencia de un órgano de defensa de la Constitución frente al poder de una mayoría coyuntural (el Tribunal Constitucional), a la aconfesionalidad del Estado, y a la descentralización no sólo administrativa, sino política, a la Monarquía parlamentaria como forma de designación y ejercicio de la Jefatura del Estado. Sobre estos aspectos hay consensos básicos que no están aparentemente amenazados, pero es claro que se ha abierto con fuerza el debate tanto sobre la forma de Estado (monarquía o república) y sobre la organización territorial (distribución de competencias entre Estado y autonomías, y consagración o no de un derecho de autodeterminación).

Sobre las normas "horizonte" la discusión no está, por lo general, en el valor de los objetivos que se proponen (sobre todo en el capítulo tercero del Título I, denominado "De los principios rectores de la política social y económica": la protección de la familia e infancia, la redistribución justa de la renta, el pleno empleo, la seguridad social, el retorno de los emigrantes, la salud, el acceso a la cultura, el medio ambiente, la conservación del patrimonio cultural, el derecho a la vivienda, la atención de los discapacitados y de la tercera edad, la defensa de los consumidores), sino en su intensidad de protección: de estos principios. El artículo 53.3 sólo dice de ellos que "informarán la legislación, la práctica judicial y la actuación de los poderes públicos", lo que significa que su desarrollo y efectividad quedaron confiados al libre juego de la acción política, sin imponer límites o determinaciones concretas a cada mayoría parlamentaria o a cada Gobierno. Dicho de otro modo, cada Gobierno o cada mayoría parlamentaria podrá concebir de manera distinta el alcance y la dedicación al logro de tales objetivos, y no podrán recibir por ello un reproche jurídico-constitucional, sino tan sólo político-electoral.

¿Ha envejecido la Constitución hasta el punto de que sea no sólo oportuna, sino "necesaria" su reforma? ¿En qué momento debe reformarse una Constitución? ¿Cuáles son las principales amenazas y deterioros de aquel consenso que constituyó una nueva España recién salida de una dictadura? 

Una de las amenazas, quizás aquella de la que más se habla, es la pulsión independentista en Cataluña, cuyo Parlamento ha decidido acometer un proceso de distanciamiento del esquema territorial constitucional completamente al margen de los procedimientos constitucionales (la desconexión), probablemente por no disponer de cauces constitucionales habilitados para resolver ese problema mediante métodos democráticos. 

Luego está la amenaza populista. Me refiero al populismo "purificador" de ultraderecha, que propugna una regresión que aspectos que forman parte del "suelo constitucional": una reducción de la democracia a la simple lógica de las mayorías electorales, sin el límite de los derechos de los individuos y de las minorías, con una mayor prevalencia del orden público (y la consiguiente represeión de la disidencia), con una exacerbación de la protección del nacional frente al extranjero, y con una suerte de nueva confesionalidad, no religiosa pero sí cultural, con aspiración de levantar diques al multiculturalismo. 

Por último, está la amenaza de la tecnocracia, que está procurando otra reducción de la democracia en sentido inverso al populismo, es decir, la imposición de ámbitos de decisión exentos del riesgo de la "democracia", en la medida en que se imponen al poder mismo, sin ningún apoyo constitucional, y en beneficio directo de una élite. Esta amenaza no va referida al suelo constitucional, sino a su horizonte (los principios rectores de la política social y económica), que quedan subordinados a exigencias mayores, de entre las que destaca la desaparición de los obstáculos para la libre circulación de capitales, bienes y servicios, es decir, la globalización económica sin límites o fronteras constitucionales, cuya manera de llevarse a cabo ha sido el gran logro del neoliberalismo y la gran derrota de la socialdemocracia.

Cuando pienso en los populismos nacionalistas purificadores, los de ultraderecha, mi reacción es defensiva: madre mía, que me quede como estoy.

Cuando pienso en el deterioro de nuestro pacto social como consecuencia de la falta de un verdadero marco político adaptado a la realidad de una gran economía global que ha logrado saltarse los límites políticos tan cuidadosamente construidos en el seno de los Estados, mi reacción es ofensiva: me siento engañado, y entiendo que o provocamos una reacción de tipo constitucionalista que reivindique la fuerza del poder democrático frente a la dictadura de las tendencias de concentración de capital, o acabaremos escindiendo definitivamente la sociedad en dos bandos, los vencedores y los vencidos, de manera que nunca más habrá un sentimiento de "nación" constitucional que merezca la pena conservar, sino conflictos sociales que irán internacionalizándose al modo de la lucha de clases que en su día definió Marx. O sea, un desastre provocado por la codicia.

Estos son mis sentimientos en el día en que se celebra un momento lúcido de la historia de España: la aprobación de la Constitución de 1978.

lunes, 28 de noviembre de 2016

El último silencio del año.




Un rato antes de ir a dormir, en esta noche del último domingo de noviembre. El momento exacto para detenerse unos minutos, hacer que se pare el tiempo y despedir el año en la intimidad. Porque diciembre es muy expansivo y apenas deja huecos libres. Ha estado lloviznando el fin de semana, y la lluvia detrás de los cristales ("llueve y llueve") ayuda a lubricar algunos sentimientos. La lluvia, sí, limpia el aire y acerca recuerdos remotos: por ejemplo, el pijama abrigado de niño con el que dormía cuando oía llover en la calle, y en la casa todo estaba calentito y en orden.

Discretamente y con lluvia quiere irse ya el hermano noviembre, sin resistencia apenas ante el empuje luminoso y acaramelado de un diciembre lleno de fiestas. Es una noche neutra, la víspera de la última semana normal del año. Detrás están los puentes de diciembre, las cenas de amigos, y la recta hacia la navidad. Habrá que comprar ya lotería, y habrá que poner el belén. Pero de momento es noviembre todavía, un mes corto que empezó cuando todavía recordábamos el verano. 

He salido al frío húmedo de la terraza. La ciudad está en absoluto silencio. Me ha parecido el momento más silencioso del año. Una invitación a decir "aquí estamos", e irme a dormir. Me acostaré pensando en cosas de este año que se acaba.

viernes, 18 de noviembre de 2016

Un grupo de lectura

Viernes por la tarde. Un plan apetecible para un escritor que todavía se siente novato: un grupo de veinte lectoras a quienes no conozco en absoluto decidieron leer "Cuando siempre era verano" y quieren comentarlo conmigo. Allá que voy.

Una biblioteca pública. Me recibe Miriam, la encargada de dinamizar el Centro Cultural de Santa Fe: grupos de lectura, sesiones con escolares o con niños con dificultades y otras actividades. Paso a la sala y hay veinte mujeres sentadas. ¿Y los hombres? Hubo alguno, pero lo dejó. Los hombres leen menos. O leen individualmente. 

Ellas leyeron la novela y me llenaron de detalles, de apreciaciones, de sentimientos, de preguntas, y para colmo de bienes, me confiaron alguna crítica. Qué corta se me hizo la hora y media que duró la sesión. Aquellos personajes de la novela danzando en esa sala de lectura, aquellas escenas vistas desde tantas esquinas, la mujer que lloró la despedida de María Jacinta por su marido, la que se fijó en tantos detalles concretos de aquella época, la que reparó en el engaño de Anselmo al otro lado del río, la que se preguntaba si era buena técnica la de envolver el núcleo de la novela en un puntual encuentro amoroso, la que reconoció que sólo a mitad de la novela entró en ella, la que buscaba conexiones mágicas, la que se dejó llevar por los sentimientos de los personajes. El narrador, la realidad y la ficción, el retrato de una España que existió, las descripciones, las emociones. Hablaban ellas, preguntaban cómo se fue forjando la historia, por qué decidí escribirla, cuánto sentí que la había terminado.

Veinte mujeres, en cualquier pueblo. Una novela multiplicada por veinte. Tengo que reconocer que salí de la biblioteca levitando, y con la inequívoca sensación de que merece la pena escribir, si hay alguien al otro lado.

lunes, 14 de noviembre de 2016

"Yo, Daniel Blake" (K. Loach)



Conozco bien la mirada displicente que en algunos suscitarían algunas escenas de esta película. Por ejemplo las escenas en las que hay un momento de solidaridad dentro de la miseria compartida. O en la que deseamos que a Rachel no la pillen robando un paquete de compresas en el supermercado. O en la que necesitamos que la buena mujer del Banco de alimentos siga llenando un poco más la bolsa que corresponde a Rachel y sus dos hijos. O en las que nos conmueven a los espectadores vulgares y simplones: los pequeños trucos artesanales para calentar la casa, la indignación de Blake con la estúpida funcionaria de formulario en la Oficina de empleo, la pintada de Blake en las paredes de la Oficina de empleo, o la reinvindicación de Blake de sí mismo como "un ciudadano, ni más ni menos".

Sé lo que dirán algunos: que la película está llena de tópicos del buenismo solidario entre los pobres y de la épica moral contra el sistema insensible. 

A éstos les digo que me encantan las películas en las que la realidad se contempla de abajo arriba: el Banco de alimentos no desde la encantadora señora que dona su tiempo a una ONG sino desde la madre que tiene que alimentar a sus hijos; la Oficina de empleo no desde el funcionario que trabaja en ella, sino desde el carpintero de 59 años que no puede trabajar porque está enfermo pero mientras recurre la denegación de la pensión de incapacidad tiene que fingir que busca empleo para recibir la paga de otro negociado de la Administración; el pequeño trapicheo de contrabando no desde el policía que tiene que evitarlo, sino desde el negro que compra al chino ocho pares de deportivas por correo para venderlas casi por la mitad de precio y ganarse 20 libras con cada par; las infracciones administrativas desde el lado de quien invierte lo último que le queda, que es su limpia hoja de antecedentes.  

Vayan a ver la película, búsquenla. No pasa nada porque de vez en cuando la sensibilidad se ponga de parte de los que miran el bienestar desde fuera. Aplaudo a Ken Loach por ser tan testarudo y no dejar de retratar la pobreza de quienes se agarran a los restos del Estado del bienestar y están a punto de caerse del todo.

miércoles, 9 de noviembre de 2016

Trump: una paradoja, y algún desahogo.

Lo único bueno que se me ocurre decir de la victoria de Trump es que Trump va a institucionalizarse. Es decir, que su discurso arrebatador, directo, lleno de atajos y dirigido a remover pulsiones emocionales, ahora va a ocupar las instituciones, y al ocuparlas va a adoptar su forma, igual que el agua turbulenta que se encauza adquiere la forma del cauce. Ya no podrá sustentar según qué cosas, porque las instituciones, es decir, los procedimientos, la Constitución, los derechos, desplegarán su severa disciplina. El día después de la victoria de Trump no será el aniquilamiento de la película "The day after" (el día siguiente a una deflagración nuclear planetaria) sino que puede llegar a ser la victoria de las instituciones: se aprobarán algunas leyes regresivas, se paralizará el incipiente sistema sanitario público intentado por Obama, se reforzará el derecho a las armas, se extremarán medidas represivas, se suprimirán medidas de acogida a la inmigración, se cambiarán algunos aspectos de la política internacional, pero todo, incluso lo indeseable, se hará "dentro de lo posible", es decir, ajustándose a las reglas de juego. Espero no equivocarme, pero si me equivocase sería porque Trump, desde el poder, perpetrase una suerte de golpe de Estado, no porque haya ganado las elecciones. De momento, la victoria de Trump es una manifestación de normalidad institucional.

Pero el de este miércoles 9 de noviembre también es un buen momento para desahogarse y expresar algunas convicciones.

La primera es, precisamente, la defensa del binomio instituciones y derechos frente al populismo basado en el binomio nación y seguridad. Trump ha ganado por prometer eso que las más primarias emociones del ciudadano desprevenido aprecia: la nación, concebida como un "nosotros" identificado con quienes se sienten mayoría "fetén" en un momento determinado (y opuesto a las minorías), y la seguridad frente al riesgo que comporta la inmigración, el mestizaje, la globalización. Es momento de reivindicar el constitucionalismo democrático, es decir, justamente, la existencia de marcos procedimentales y reglas de juego que sean capaces de albergar un pluralismo real de intenciones políticas opuestas.

La segunda es, casi una constatación: la victoria de Trump pone de manifiesto que en momentos de crisis o de postcrisis, la emergencia de mayorías políticas populistas (en el sentido antes indicado) no se frena ni se combate con una Hillary Clinton tan exageradamente protegida por los grandes medios de comunicación al unísono, sino con un Bernie Sanders lúcido capaz de sostener con autoridad moral e intelectual un discurso de defensa de las instituciones frente a sus adulteradores y a su "okupación" por determinadas élites en posiciones ventajistas. Ya sé que esta es una afirmación que no puede demostrarse, porque Sanders y Trump, por desgracia, no han podido enfrentarse. Pero sí es una convicción: frente a los Trump que en el mundo son, no vale ya cualquier apaño cosmético preparado y aliñado para que todo siga igual con retoques, sino que habría que proponer un cambio de orientación doloroso para determinados sectores empeñados en mantener su statu quo, pero ilusionante para clases medias y populares. Y creo que en el marco de sociedades desigualitarias, en las que las clases populares temen perder el suelo de las políticas de protección y de bienestar sin más señuelo que el de la promesa de que un crecimiento desde arriba acabará generando prosperidad abajo, el neoliberalismo ya no puede cumplir esa función ilusionante. Ha de ser, de nuevo, una socialdemocracia decidida (no retórica), posible (no dogmática), difícil (no ilusoria), libre de servidumbres y coordinada a nivel internacional. Al menos, y por lo pronto, hay que tomar nota de que la gente quiere que quien ocupe el poder político no sea un delegado de los otros poderes, sino alguien dispuesto a defender titánicamente la autonomía del poder democrático. 

La tercera es que prefiero nuestro modelo político parlamentario al presidencialista. Unas elecciones en tête-à-tête simplifica y banaliza aún más el debate político. Tiene más riesgos. Admite menos matices. Requiere menos equilibrios. La impresión o sensación de sentirse representado con inmediatez por uno de los dos candidatos, sin más mediaciones, fomenta en determinados periodos un hiperliderazgo que puede ser corrosivo. La elección puede fundarse más en el chismorreo, en deslices pasados, en la moral privada del candidato o en su belleza personal (espero que esto último no haya sido el caso de Trump, hablo en general). Y el líder puede acabar sintiéndose el enviado de la nación.

Que no cunda el pánico. Hay que sacudirse la desazón de este miércoles y encarar el futuro con decisión. No hay que atrincherarse en lo que queda de Europa, sino empeñarse con determinación en reivindicar una democracia limpia y saneada y en construir propuestas posibles que incorporen los pactos sociales (si lo prefieren, la "justicia social") como objetivo directo de la política, y no como variable subordinada.