Cuaderno de notas de Miguel Pasquau Liaño

jueves, 28 de julio de 2016

El volumen de agosto.

Jueves, 28 de julio. Tareas contadas y apuntadas antes de que se acabe el mundo. Pero, no por el calor, sino por lo comprimido de la cuenta atrás del tiempo hábil, cada gestión, cada tarea, cada llamada, cada correo electrónico, cada uno de los asuntos que aún quedan encima de la mesa por resolver, parecen gigantes, más que molinos de viento. Es culpa de agosto, que espera su turno. O quizás es culpa mía, que tengo un sentido sacramental de agosto: ningún colgajo debe contaminarlo. Agosto requiere mesa limpia, requiere cajones cerrados, requiere un orden al menos aparente que te permita salir y cerrar la puerta con doble llave para emprender un viaje al centro de gravedad de tu vida, que como todo el mundo sabe ya, se encuentra en algún momento indefinido en torno a los días 6, 7 u 8 de agosto, cuando ya lleva uno varias noches y varios días sumergido en la eternidad del verano, de todos los veranos acumulados, y uno no tiene ni idea de si es jueves o lunes, porque el tiempo a primeros de agosto se cuenta de manera diferente, no se mide en calendarios, sólo hay una sucesión de noches y mañanas que conforman no un día, ni una semana, sino una época que comenzó en la infancia más remota.

El Parlamento de Cataluña insiste en desconectar del Estado. Más le valdría desconectar de sí mismo, cerrar por vacaciones, dispersarse, diluirse. Por su parte, la villa y corte de Madrid sigue agitada alrededor de un bloqueo político que no sé ya si es el resultado de un tacticismo estúpido, o si es algo más grave, un desencuentro de prioridades del que no resulta ninguna prioridad suficientemente compartida.

Me permitirán que desconecte de la desconexión catalán y del bloqueo madrileño, igual que desconectaré de las calles habituales, de la alarma del móvil e incluso de la cobertura de internet, que a esta altura del año parece sucia y viciosa, demasiado llena de cosas de las que quiero alejarme. Tengo derecho a agosto, un tiempo menor, respecto del año, que el que el domingo supone para cada semana. Una doceava parte de nada. Muy poco tiempo libre. Sólo hay una manera de compensar esa penuria: hacerlo extremadamente libre, y por tanto, más ancho y más profundo. Porque aunque la longitud de agosto no pueda pasar de 31 días, su volumen puede rozar el infinito.

lunes, 25 de julio de 2016

El estorbo de los derechos humanos.

Erdogán suspende la Convención Europea de Derechos Humanos en territorio turco, amplía a 30 días el plazo de detención policial sin control judicial (que es tanto como abrir un espacio impune para la tortura), depura jueces y fiscales por decreto, expulsa a maestros por razones ideológicas y anuncia el restablecimiento de la pena de muerte. Es fácil imaginar el discurso con el que justifica esas medidas: se trata del orden y de la seguridad. Haríamos bien si traducimos: se trata del poder. Alguien debería decirle sin complacencias que una suspensión arbitraria de los derechos humanos no es otra cosa más que su vulneración definitiva. Lo peor es que alguna ciudadanía europea, atrapada en en la ideología de la seguridad, está dispuesta a comprenderlo. Es una tragedia y no podemos mirar a otro lado.

A mitad del siglo XX la comunidad internacional firmó la Declaración Universal de Derechos Humanos, y lo mejor de Europa suscribió la Convención Europea de Derechos Humanos. El mundo acababa de salir de una gran guerra con millones de víctimas y un deterioro descomunal de las relaciones entre los pueblos, marcada por la imposición de la lógica del poder y de los intereses económicos frente a la lógica de la dignidad de la especie humana, convertida en piltrafa, en campos de concentración, en trincheras llenas de cadáveres, en zonas arrasadas por bombas nucleares, en una generación entera perdida en el odio nacionalista inducido por los gerifaltes que manejaron los hilos desde sus despachos y búnkeres. Aquello supuso la constatación de que, tantos siglos después de aparecer la civilización humana, todavía somos capaces de las peores monstruosidades. Más evidente no pudo ser. Por eso la humanidad herida, de la mano de algunos líderes que se propusieron rebuscar en lo mejor de la filosofía moral y política, se puso en marcha y quiso proponerse a sí misma un horizonte que la salvara del infierno que acababa de conocer. Ahí está la grandeza histórica del siglo XX.

Los derechos humanos no son documentos de papel mojado, como tantas veces se dice desde la trinchera escéptica. Lo serán si les echamos agua. Si, en cambio, los sujetamos con cemento y hormigón, ganan en resistencia y son útiles. Ese cemento está en los pactos constitucionales, en los tribunales internacionales, en las garantías a cuyo servicio están las instituciones políticas y judiciales, que a diario interponen límites infranqueables a las decisiones arbitrarias del poder. Y, sobre todo, en la radical convicción de cada individuo de que merece la protección y la dignidad que en esos documentos se le reconoce. Esa radical convicción es imprescindible para que los derechos no se pierdan en los laberintos de los matices, las excepciones, los asuntos de Estado y las exigencias de la "eficacia" (policial, económica, política). Los derechos humanos, o son radicales, o no son derechos humanos, sino un catecismo de buenas intenciones para tiempos fáciles. Por eso aquí los llamamos derechos "fundamentales": sin ellos dejamos de ser como habíamos querido ser.

Pero sepamos que esta radicalidad de los derechos humanos comporta costes. Es algo que habría que aprenderse desde el Colegio. La garantía de los derechos puede, claro que sí, mermar otros objetivos legítimos, y tienen no sólo la cara amable que todos estamos dispuestos a compartir cuando el viento sopla a favor, sino el envés duro y difícil de unos límites infranqueables que nos impiden atajos para llegar más rápido: la tortura, por ejemplo, es eficaz para descubrir y prevenir delitos, pero nos la hemos prohibido. La Declaración Universal de Derechos Humanos y la Convención Europea de 1950 proponen algo tan grande como renunciar a cualquier objetivo que deje víctimas en la cuneta, aunque no sean "nuestras víctimas". No es fácil, y hemos de saberlo. Junto a los murales bonitos que hacen nuestros colegiales hablando de vida, de paz, de dignidad, de respeto, de igualdad, lanzando globos al aire, hay que reservar un apartado lleno de advertencias: sepa usted que si de verdad comparte la filosofía moral de los derechos humanos universales, tendrá que renunciar a muchas cosas. Sepa usted que esto va en serio, y que cuando entre en conflicto una política determinada que a usted le beneficia, con el derecho humano de un tercero, usted tiene que ponerse de parte del derecho. Si no, los derechos no serán de la especie, sino del grupo que ha caído en el lado del poder. O los derechos humanos se defienden rígidamente también en situaciones de conflicto, o se convierten en una inmensa mentira. O son universales e incondicionales, o hemos perdido.

El poder de Erdogán se ha desembarazado de los límites de los derechos humanos como de un estorbo. Cuando haya conseguido sus objetivos, volverá a restablecerlos. Pero en el camino, hemos sufrido otra derrota. Es importante reconocerlo y lamentarlo. Erdogán, al menos, debería comprobar que la comunidad internacional, en particular la europea, lo considera un traidor. Debería saber que Europa da más importancia a los derechos de los disidentes turcos que a sus intereses en Turquía, y que está dispuesta a perder ventajas si para conservarlas se le exige la moneda de cambio de los derechos humanos. Ojalá las autoridades europeas sientan el apoyo de sus ciudadanos en esa intransigencia. Mejor es perder un aliado que dejar fuera de la alianza a los derechos que nos dan un sentido moral.

jueves, 21 de julio de 2016

Sentimientos gigantes.





Camino de Málaga desde una madrugada calurosa, para llevar a mis hijas a un avión que las conducirá lejos por primera vez, al EMJ en Cracovia. Al salir de Granada, una luna llena turbia parecía estar ya provocando el alba, pero era engañoso, y en la radio todavía agonizaban los programas nocturnos que pueblan las ondas mientras nosotros, ajenos, estamos desprogramados en nuestros sueños disparatados. Cerca de Málaga ya se había levantado un sol redondo y brumoso, bien dibujado entre la neblina del bochorno. Parecía, otra vez, la luna llena, pero la luna llena estaba en el retrovisor. Dos soles, dos lunas, no sé si buscándose o acechándose, o jugando a confundir el día y la noche, dislocados, desorientados por el calor. ¿Por qué olvidamos siempre que el Sol no es más que una estrella demasiado cercana que apaga a todas las demás?

A la vuelta, Silvio Rodríguez: "Yo digo que las estrellas le dan gracias a la noche". Y me acuerdo de mi amigo Adolfo, que hace quinientos años me dejó una cinta de Silvio Rodríguez, y me dijo: "es buena para las noches de verano". Luego, la canción dice eso de "una caravana de sentimientos gigantes". Siempre me ha parecido que los sentimientos o son gigantes, o no son nada. Y que me perdonen los intolerantes al calor, pero sostiene Pereira (o debería hacerlo) que los sentimientos son para el verano. Para esos momentos en que todo se suspende por un momento y brota un géiser de sedimentos antiguos del alma. Pura energía.

domingo, 17 de julio de 2016

"Me or him"




[Oír mientras se lee]

Mediodía de domingo de julio. He dejado a una de mis hijas con su amiga Ana. Vuelvo a casa, porque quedan todavía muchos exámenes por corregir, y mientras no los termine las tardes no serán tan anchas. Enciendo el nuevo equipo de música del coche y conecto el pendrive donde he copiado algunas buenas canciones, para estrenarlo. Recorro las calles vacías que salen del Parque Tecnológico de la Salud, el ensanche urbano que rodea el estadio de Los Cármenes, subo hacia el Centro Comercial "El Serrallo" con luz cegadora y sombras que parecen dibujadas con exceso de tinta negra. Un coche cualquiera, unas calles cualesquiera, una ciudad cualquiera, una mañana de domingo de julio.

Arranca  "Me or him", de Rogers Waters. Una percusión tenue y constante de fondo que marca el ritmo, la voz de Waters doblada por otras voces femeninas que en algún momento se convierten en un coro, los golpes de guitarra que parecen brotar de la percusión y se enredan con ella. Un ensamblaje instrumental contenido, como a punto de explosionar. Óiganla, es posible que no la conozcan o no la recuerden. "Me or him" en un coche negro, en Granada, un domingo de julio por la mañana. 

Un día Rogers Waters, ya sin Pink Floyd, acabó de componer la pieza, perfiló los arreglos, terminó de grabarla y la canción se lanzó al mundo dentro de un LP que se llamaba "Radio Kaos". Llegó a mí, por recomendación de mi hermano, un perseguidor de buena música. El disco me acompañó en mis años de soltero en el apartamento del Albaicín, también en los primeros años de casado en la Carrera del Darro, hasta que quedó abandonado y encerrado en un formato de vinilo que requiere, para ser oído, rescatar aparatos antiguos que quizás ya no funcionen. Hace poco me llegó de nuevo, en formato digital, y guardé esta y otras canciones en una carpeta de música seleccionada, de la que he copiado algunos archivos para estrenar el nuevo equipo del coche. Qué largo camino ha debido recorrer cada canción hasta llegar al momento exacto en que la escuchamos. 

¿Puede hacerse en la vida algo más útil que una buena canción que atraviese continentes y décadas y llegue a producir un momento de felicidad honda como el de esta mañana? Puede que lo que Waters persiguiese no fuera hacerme feliz un momento, sino su gloria, o el dinero. También sé que para llegar a mi coche esta mañana fueron precisos muchos contratos, una productora, canales de distribución, publicistas, operaciones comerciales con cláusulas estudiadas por abogados, cálculos financieros efectuados por economistas, todo ese entramado empresarial y comercial que crea modas y hábitos de consumo de los que tantas veces descreemos. Pero ahora se trata de música, y es magnífico que uno pueda espigar entre tantas cosas que inventan y venden, y encontrar una perla duradera que brotó de otros momentos en los que alguien iba trazando la línea de una canción casi perfecta, ganándole la partida al silencio. Las cosas nos alcanzan a nosotros, sí; pero también hay que empeñarse en perseguirlas.

viernes, 15 de julio de 2016

Niza







Primeros de septiembre de 1990. Viajaba con dirección a Bolonia, donde habría de pasar unos meses con una beca de investigación postdoctoral. Estrenaba coche. Había dormido en Figueras, y tocaba recorrer el sur de Francia, la Costa Azul. Luz de septiembre, el mar asomando por la derecha, autopistas confortables, y en el radiocasete alternaba la música con cintas de un curso acelerado de italiano para irme ambientando, que me había dejado mi amiga Ana. Decidí parar a comer en Niza. Hasta entonces Niza era una idea llena de glamour, eran las chicas de las viñetas de Kiraz en las revistas Paris Macht de mi madre, de piernas delgadas y alargadas tomando el sol y hablando ingenuamente, y era también el nombre de una tienda de cosmética en la calle Mesones de Úbeda donde mi madre solía parar a comprar algo o a charlar con María Cajas, la dependienta, o con Mary Cordero, la dueña. Qué bien olía en "Niza".

Avenidas y bulevares con árboles elegantes, cines y tiendas de ropa y bolsos. Por fin, el enorme paseo marítimo, donde encontré un sitio para aparcar, cerca de un café-restaurante llamado "Nostalgie". Caminé un buen tramo dejándome envolver por el aire marítimo, miraba a algunas bañistas que me recordaban a aquellas chicas de Kiraz, hice alguna fotografía. El mar azul, la arena, los árboles verdes, el gris claro de la piedra de las casas nobles. Me costó irme de allí, y hasta ahora no he logrado volver:  quizás por eso el recuerdo está intacto, puro, sin mezcla alguna. Era una tarde radiante. Ya sé que ese momento ha dejado de existir para siempre, porque se lo ha llevado por delante un camíón asesino.

Imagino ese Paseo esta mañana, al amanecer. Los restos de una tragedia. Las olas batiendo, como siempre, sin enterarse de nada, contra una playa en la que hoy no habrá bañistas. Una brisa fresca moviendo las copas de los árboles. Precintos policiales, todavía cadáveres aplastados. Silencio. Si la noche fue trágica, qué terrible es el amanecer del día siguiente, cuando la ciudad despierta y se da cuenta de que todo ha sido verdad.

miércoles, 13 de julio de 2016

Días de julio.





A estas alturas de julio todo parece irse estrechando, como un embudo, hacia un punto exacto que se llama "1 de agosto", es decir, las vacaciones. Uno viene a trabajar por la mañana, se cruza con el calor a media mañana si va a tomar un café, se abrasa al medio día camino de casa, se deja llevar en una siesta con sonidos de Tour de Francia, procura ir dejando el segundo tramo de la tarde libre para hacer algún encargo o quedar para esa cerveza que se resistió en junio, y apenas llega la  noche se encuentra con un territorio amable y excitante que pide palabras escritas, ratos en la terraza, un vaso con hielo y algo más, un sonido de grillos que te dicen: "verano", una quietud antes de ir a dormir.

No me dan envidia quienes eligieron julio para las vacaciones, porque ya las van gastando. Lo bueno de julio es agosto, que está ahí, entero, al otro lado del embudo que va cerrando un curso, un año de trabajo y rutinas, de empeños que son la vida. Agosto en el horizonte, en el fondo de la noche hondísima, en el aire del mediodía de luz que aplasta los restos de trabajo que van quedando (siempre mayores de lo que uno imaginaba a primeros de mes, cuando se había propuesto ir acompasándose a un ritmo lánguido y terminal). Citas aún pendientes, una película en cine de verano quizás (aunque ya quedan muy pocos), la dispersión de los hijos que no paran de moverse de acá para allá en un verano adolescente de pandillas, bañadores y estación de autobuses. Alguna boda, imágenes del encierro de los sanfermines, el Mont Ventoux (donde, en una tarde de nuestra infancia, murió el ciclista Simpson), gazpacho bebido para comer, poner orden en los papeles (pero qué pereza, porque para romper y tirar -que es la única manera de ordenar- hace falta decisión y energía).

Lo bueno de julio es agosto, pero mientras tanto julio merece la pena. Así debe ser. La ruptura de agosto no puede ser una necesidad, tiene que ser un lujo. No necesito que llegue ya, prefiero esperarlo. No quiero que pasen deprisa los días de julio. También los llamo por su nombre: 10, 11, 12 de julio. Para que tengan sustantividad dentro del embudo. No son vacaciones, porque hay que venir a trabajar, pero, ¿no es verdad que el centro de gravedad de estos días de julio se desplaza hacia el atardecer? Y ¿no es verdad que al atardecer, cuando se marca la luna en el cielo y aparecen las primeras estrellas, uno siente que todo está en su sitio?

jueves, 30 de junio de 2016

El Museo de las hipótesis.





Borges insiste en que las hipótesis suelen ser más interesantes que la realidad, y que la realidad no es más que una hipótesis cualquiera que, sin mérito, pasó al otro lado. La vida transcurre por un filo, a cuyo alrededor van cayendo todas las hipótesis que no pudieron entrar en ese filo. Luego, se convierten en futuribles: lo que pudo haber sido. Pero qué pena que todo eso se pierda. Están las novelas, ya lo sé, pero qué pena que la Historia de la humanidad no sea más que el resultado de despreciar e ignorar tantas infinitas historias que no llegaron a ser. Cuánto material perdido. Qué desperdicio. Cuánto azar en este laberinto. Qué difícil será siempre conocernos sin conocer lo que pudo ser en nosotros y no fue.

Lo que pudo ser. Incluso lo que estaba preparado. Los proyectos que no pudieron desplegarse, los niños que no se engendraron (porque los que simplemente no nacieron sí entraron en la historia), los duelos que se perdieron y pudieron haberse ganado, los accidentes de los que nos hemos librado por demorar la salida un instante, las estirpes que no se prolongaron por el asesinato de su último eslabón, lo que habría sido el partido si en el minuto 11 el centrocampista pasa el balón a la derecha en vez de a la izquierda, las victorias que se frustraron por un milímetro. Las palabras que no se dijeron.

Volví a pensar en esto, que tanto me impresiona, con un detalle estúpido. Fue el lunes por la mañana. Aznar iba a hablar en no sé qué acto, y tenía preparado un discurso "A", en el que iba a pedir cuentas a Rajoy por la malversación de "su" partido. Tuvo que guardarlo. Debe estar en el disco duro de su ordenador. En su lugar, se vio obligado a pronunciar un discurso "B", resignado, porque su crítica no sería comprendida en esa mañana eufórica para sus destinatarios. En otros ordenadores se guardarán otros discursos "A" que no llegaron a decirse: el de Pedro Sánchez anunciando su dimisión y la convocatoria inmediata de un Consejo Federal, el de Pablo Iglesias, reconstruyendo el itinerario de Podemos desde el 15-M hasta la victoria y reclamando al PSOE el mismo apoyo para formar gobierno que el que él ofreció tras el 20-D.

Pasaría un verano dedicado a visitar un hipotético "Museo de las hipótesis". Interactivo o estático, yo me entregaría a las simulaciones sobre lo que pudo ser, a la reconstrucción de hechos ficticios que sólo la casualidad frustró, al despliegue de escenarios sustentados en la misma lógica y la misma probabilística que generan la realidad, sólo que trucando un detalle de una premisa. Me detendría, desde luego, en el Salón de los Discursos Perdidos, esos que se escribieron pero no pudieron pronunciarse nunca. Andan dispersos en cajones y discos duros, pero serían quizás lo más tangible de ese Museo, y un Museo ha de contener algún que otro fetiche para ser tal. No digan que no es una buena idea...