Bastaría una tarde de lluvia para que este sol de verano viejísimo se convirtiera en luz limpia de otoño. Bastaría una noche de viento y una alfombra de hojas caídas para que todo estuviera en su sitio. Que alguien abra la ventana, que pase la primera borrasca, que llueva, antes de que el invierno aceche.
No sé de donde me proviene esta adoración por el sol y los colores que irradian de su manto. Si de mí dependiese le pediría una tregua al otoño, o que llueva en las noches y de día luzca el sol.
ResponderSuprimirTienes suerte que no dependa de mí ;)
Saludos
Veo que te gusta el otoño. Que llueva pues.
ResponderSuprimirBesos.
¡Y qué falta hace! Tengo ganas ya de mirarle la cara a ese otoño.
ResponderSuprimirSaludos, Miguel.
Me apasiona el verano: pero el verano verdadero, no el reviejo que no acaba de irse a mediados de octubre. Me encanta el sol de otoño, pero para que sea sol de otoño tiene que llover un día a cántaros, arrasar estos restos decrépitos de verano, barrer el aire: así, el siguiente sol ya sí sería celebrado.
ResponderSuprimirSaludos a las tres buenas amigas.