martes, 18 de junio de 2013

Hotel Cualquiera

Calpe, Alicante. Caído en un inmenso hotel de convenciones, en medio de otros tantos edificios que se parecen demasiado al cemento. Balcones y ventanas, casi todos apagados hasta que no llegue julio, que albergan la inversión de alguien que buscó en vano la imagen idílica de infancias o películas con una playa despoblada entre pinos y rocas. Todos apelmazados en esas torres, igual que en las autopistas se agolpan los vehículos de quienes creyeron al comprarlos que habían puesto ruedas a su libertad. Un grupo aquí, otro allá, un congreso, una excursión de finlandeses. El mar al fondo, como un escenario, con algunas gaviotas surrealistas entre antenas de televisión y de telefonía. Cada uno creyéndose distinto, molesto por la enorme presencia de los demás. Como si cada uno no fuese un demás.

Todos querríamos ser el viajero del XIX, y no somos más que el turista del XXI. Salvo cuando viajamos dentro de nosotros mismos, allá donde estemos. Eso es lo que puede salvarnos. Pero no hay autopistas para ese destino. Es sendero, jungla, maleza, y los hoteles no presumen de estrellas falsas.

jueves, 13 de junio de 2013

Espiados

Antes era el penetrante y omnipresente ojo de Dios el que nos vigilaba en la intimidad. Los pecados privados se confesaban porque sabíamos que Dios los conocía en el acto: era vano borrar huellas, invocar ausencia de pruebas, de testigos o de documentos, porque el Juez hacía Trinidad con el Fiscal que todo lo sabía. Tan importante era la virtud privada como la pública. 

Hubo un paréntesis en que la impunidad sí pudo cobijarse en el secreto de las conversaciones, en la habitación reservada, en los sobres cerrados de la correspondencia, en el secreto de los Bancos, en la oscuridad de la soledad. Cerramos el párpado de Dios y nos sentimos dueños de nuestra privacidad. Todo lo que no fuese delito público, denunciado y constatado, podía quedar silenciado, y la dignidad quedaba intacta: nos peinábamos, elegíamos la camisa más blanca, y en la calle podíamos seguir siendo buenas personas. 

Ahora se ha cerrado el paréntesis. Los satélites, situados entre el cielo y la tierra, han sustituido a Dios. Identifican el periódico que leemos, succionan nuestras palabras, saben quiénes son nuestros amigos, dónde estamos, qué hemos comprado, a qué horas nos acostamos y qué tráfico de sentimientos nos recorre a cualquiera hora del día. Nuestro ordenador es una ventana abierta, nuestro teléfono un altavoz. El dios de la seguridad universal nos exige la ofrenda y el tributo de nuestra transparencia. Todo lo oculto es sospechoso. Todo secreto es intolerable. No es preciso gritar para ser oídos. Complicados algoritmos cruzan datos sensibles y retratan nuestro rostro. Matrix crece, al tiempo que nosotros menguamos.

Hemos de acostumbrarnos. Acaso quede algún cobijo, pero será casual, contingente, inseguro. No merece la pena buscar los puntos ciegos del Espía: es mejor el acto de rebelión de delatarse.

Y saludo a la afición, que me estará escuchando.

sábado, 8 de junio de 2013

José Antonio Xiol

El nombramiento de José Antonio Xiol como magistrado del Tribunal Constitucional es una magnífica noticia en este viernes de malas noticias: menos pensiones, menos becas, espionaje USA, pero un gran jurista en el TC. En mi opinión, este nombramiento hace palidecer la cuestión de las mayorías "progresista" o "conservadora" en el TC de la que tanto se habla en la prensa. Lo importante es que en sus deliberaciones intervendrá un magistrado con prestigio y con criterio, independiente por convicción, con una exigente formación, y con una trayectoria descomunal en la carrera judicial. Habría que buscar mucho, mucho, para encontrar a algún profesional del Derecho que no reconozca la enorme labor que ha hecho, desde 2005, como presidente de la Sala Primera (Civil) del Tribunal Supremo: ha ordenado su jurisprudencia, ha unificado doctrina en materias controvertidas, ha favorecido un estilo de argumentación profundo y al mismo tiempo comprensible, ha reducido extraordinariamente la pendencia de asuntos, ha fortalecido un Gabinete técnico con magníficos profesionales, ha dignificado la institución. No hace falta comparar a Xiol con ningún otro de los nombrados o de los propuestos para destacar su valor. El Tribunal Constitucional ha salido mejorado con su incorporación, y pronto tendremos noticias de ello con sus ponencias y probablemente con sus votos particulares.

En esta ocasión podemos felicitar al Consejo General del Poder Judicial y a dieciocho de sus miembros, que lo han votado junto con Santiago Martínez Vares, otro buen magistrado. 

martes, 4 de junio de 2013

Salario máximo interprofesional

Lanzado queda el debate para la supresión de esa garantía, de ese suelo, de esa línea de demarcación del umbral de la esclavitud, hasta ahora incontrovertido, que era el salario mínimo interprofesional (aunque ahora se llama de otra manera más complicada). El Banco de España (o su director) sugieren que es un factor de rigidez y una merma para la competitividad. Tiene razón, pero sus razones son parciales.

Rigidez: sí. Como es rígida la linde de una propiedad privada. Como es rígida la prohibición de husmear los correos electrónicos ajenos. Como es rígida la prohibición de emplear a niños de 8 años en la mina. Como son rígidas las líneas de la pista de tenis: sin líneas no hay juego posible, y sin límites no hay derechos. La función del salario mínimo es delimitar lo que una sociedad considera la línea por debajo de la cual el acuerdo no puede ser reconocido porque es indigno. Nadie puede voluntariamente hacerse esclavo, ni aunque quiera: es una cuestión de orden público, indisponible. Nadie puede aceptar un salario inferior al mínimo, y si lo acepta, el acuerdo es nulo y podrá exigir el mínimo. Bendita rigidez que impide que la legión de parados provoque una subasta a la baja de los salarios, porque es mejor cobrar 450 euros trabajando todo el día y todos los días, que no cobrar nada.

Merma para la competitividad: sí. Como lo es la obligación de respetar un mes de vacaciones por año de trabajo. Como lo es pagar un impuesto por el beneficio empresarial. Como lo es poner multas por infringir las normas esenciales de seguridad e higiene en el trabajo. Las empresas serían más competitivas si  en vez del enojoso coste de pagar salarios, bastase con unos látigos y unos timbales. Los beneficios serían mayores, al ser menores los costes, y se podrían bajar los precios para competir mejor en los mercados...

Así que el director del Banco de España no dice mentiras. Pero es que no se trata de verdad o mentira, sino de otra cosa. Se trata de Constitución. De pacto social. De una convención no menos importantes que tantas otras, como por ejemplo las fronteras, la libertad de empresa o la moneda. No se trata de una cuestión técnica, sino de un principio moral con dimensión constitucional. Necesitamos líneas rígidas que demarquen el terreno de juego de los negocios; de lo contrario, no somos nada.

Propongo no caer en el envite y centrar la atención en el otro lado: en el salario máximo (para banqueros, para asesores, para futbolistas). Propongo estudiar una cifra por encima de la cual toda cifra de salario u honorarios sea ilícita, por inmoral: el salario máximo interprofesional. Porque cabe la posibilidad de que nuestro problema, lo que nos devuelve una y otra vez a la crisis, no sea el suelo del salario mínimo, sino la estratosfera a la que llegan algunos sueldos. 

Ya sé que el mío no es un planteamiento liberal, pero

domingo, 2 de junio de 2013

Deportivo de La Coruña

Hoy estamos tristes. En casa somos del Deportivo, aunque no seamos de La Coruña. Yo lo fui siempre, desde que de pequeño jugaba con mis hermanos las tardes de los domingos a inventarnos resultados. Era ua rareza. Incluso lo fui cuando bajó a Tercera y jugaba con equipos extraños que aún recuerdo, como el Caudal, la Leonesa o el Langreo: no podía enterarme del resultado hasta que volvía del instituto el martes y buscaba con avidez las páginas deportivas del periódico (los lunes no había periódico). También lo fui cuando Djukic falló aquél penalti que era una liga, y cuando ganó en Riazor al Español llevándose su única Liga; cuando le dio el "centenariazo" al Madrid y cuando llegó a semifinales de Champions. He vivido tantos descensos como ascensos, con una afición moderada, más de resultados que de un seguimiento acérrimo.

Mi hijo está hecho polvo. Hoy se preparó para el partido, después de los nervios y las cábalas de toda la semana. A las siete nos fuimos a jugar al tenis, porque la espera era insufrible y era mejor desahogar a raquetazos. A las 8.30 se enfundó su camiseta de Valerón, cogió su bufanda, su bandera. Empezó el partido, algún "huy", y el gol de la Real: al poste y dentro. Al descanso, aunque perdíamos y ganaba el Celta, aún había esperanza. Pero se fue desvaneciendo con postes en la postería contraria y sin goles del Español al Celta que pusieran el objetivo a un segundo de distancia, lo que se tarda en marcar un gol propio en el último arreón del tiempo de descuento. Es el segundo descenso que ha vivido, y tiene la impresión de que éste es más grave que el de hace dos años, más definitivo, más largo. Final triste de ciclo: se va Valerón, se irán los tres o cuatro buenos jugadores que conserva. Sus amigos le mandan mensajes: algunos de ánimo, otros de chanza, pero todos con cariño, porque en el fútbol, que es un juego de otros (¡pero también unos colores!, dice él...) la gracia está en que se acuerdan de ti cuando tu equipo gana o pierde algo importante. 

Oye noticias inquietantes de embargos y de concursos, de amenaza de desaparición, que pensan un poco más que las palabras del entrenador, convencido de que se iniciará un nuevo ciclo ilusionante con canteranos y con la misma afición potente de siempre. Se lamenta de que todo pudo haber cambiado si en vez de poste hubiera sido gol, ahora podría estar celebrando, viéndose con otro año por delante con partidos con el Barcelona, el Madrid o el Bilbao. Tendrá que conformarse con el Mirandés o el Sporting en esa dura competición subterránea que es la Segunda División, que tiene tanta dificultad como la Primera pero ningún glamour. Tiene trece años y creo que ha comprendido que éste es uno de esos días importantes para un aficionado, uno de esos que se recuerda mucho tiempo después. Se ilusionará algún día, dentro de algunos años, cuando vengan cuatro jóvenes canteranos abriendo un nuevo ciclo. Tarde o temprano, todo llegará.  Los fracasos son importantes para una educación sentimental. El fútbol está extraordinariamente sobredimensionado en los afectos, y las derrotas sirven para despegarse un poco. Eso será bueno. Y será bueno darse cuenta de que la vida está llena de experiencias amargas que pronto, muy pronto, se olvidan y se ponen en su sitio. Igual que hace poco pusimos en su sitio la alegría de un gol que nos dió el ascenso.

Valerón ha llorado por una triste despedida. Pudo haber sido distinto. Pudieron haber ganando a un equipo muy superior y haberse marchado manteado por sus compañeros. Es la diferencia entre un poste y un gol. Hoy estamos tristes, y una bandera del Deportivo está izada en la puerta de la casa. Lo recordará toda su vida, y estoy seguro de que no será un recuerdo amargo.





viernes, 31 de mayo de 2013

Ahora mismo.

Todas las cosas que están pasando ahora mismo. Una madre apacigua al bebé que tiene hambre. Un camarero mira el reloj calculando las horas que le faltan hasta poder volver a casa a dormir. El abogado ultima un escrito a altas horas. La pareja avanza por los pasillos de la seducción con la seguridad de que acabarán amándose. El taxista extiende la factura al viajero en la puerta del hotel. El padre entra en la habitación de la hija y la tapa para que duerma mejor. El piloto inicia la maniobra de aterrizaje. Los que descargan camiones en el mercado de mayoristas. El asesor no acaba de cuadrar los números de la propuesta que debe presentar mañana. El aficionado del equipo de fútbol que está al borde del descenso imagina el gol de la victoria en el último minuto. La joven vuelve a casa sola con paso apresurado. El policía transcribe los términos de la denuncia por robo. El insomne enciende otro cigarrillo. El estudiante repasa con café y sin ganas el examen mientras el profesor piensa las preguntas. El médico de guardia advierte síntomas de empeoramiento en el enfermo y piensa un cambio urgente de tratamiento. El conserje bosteza. El solitario juega una partida por internet. El perro ladra al gato que pasa de una casa a otra por lo alto de la tapia. Alguien echa de menos a alguien. Un preso se dice con indiferencia que sólo faltan cinco meses para la libertad. Los semáforos cambian a verde pero no pasa nadie. La chica escayolada a la que atropellaron ayer se lamenta de haber perdido el verano. Todo a la misma hora, ahora mismo, en la misma ciudad.

Qué maravilla.

martes, 28 de mayo de 2013

A Aznar no hay que callarlo: hay que responderle.

¿Por qué se considera una "deslealtad" que José María Aznar se desmarque de la política que desde el Gobierno está llevando a cabo Mariano Rajoy? ¿Y si es verdad que el expresidente tiene la convicción de que el Gobierno se está equivocando? ¿Qué pasaría si Aznar estuviese de verdad promoviendo un movimiento de rectificación dentro de su partido? ¿Qué tiene de malo protestar porque el presidente al que designó como sucesor esté llevando a cabo políticas contrarias a las que se incluían en el programa electoral del partido? No sólo tiene derecho a hacerlo, es que está muy bien que lo haga, porque la libertad de expresión no vale nada si no se usa. Otra cosa es el estilo de decir, y las ideas que se dicen.

No me parece necesario aclarar (o quizás sí) que la personalidad política de José María Aznar y su legado en los más de quince años en que lideró el Partido Popular me han merecido siempre un rechazo sustancial que todavía perdura, basado no sólo en la falta de sintonía con su manera de ser, de hablar y de sentir, sino sobre todo por  una tan profunda discrepancia con los objetivos que se propone, sus principios políticos, su manera de entender el éxito, su concepto de país y de sociedad, y sus tácticas. Tampoco puedo esconder que prefiero el estilo y la personalidad del actual presidente, y que dentro de la controversia que se hace visible entre el sector aznarista y el marianista, si hubiera que elegir, yo me quedo con el segundo, porque me parece más sincero (aunque parezca lo contrario) y porque lo creo más dispuesto a asumir la complejidad de las cosas, sin esconderla en la simplonería de un discurso rotundo a cuyo servicio se quiere poner la realidad misma. Pero eso qué importa. Eso son cosas mías. Lo que importa es que la invocación a la "lealtad" al partido es un argumento absolutamente despreciable en democracia.

Dejen que Aznar diga lo que quiera. Precisamente porque es un expresidente, tiene una especial legitimidad para hacerlo. Zapatero presume de estar callado, pero no estoy seguro de que sea un mérito: no entiendo por qué no podría dar su opinión, como también lo hace a veces Felipe González. He leído demasiadas críticas referidas al hecho de que Aznar haya intervenido y se haya desmarcado de Rajoy, pero he oído demasiadas pocas críticas a lo que dijo, que es lo que a mí me interesa: por ejemplo, su propuesta de bajar ya los impuestos, sin especificar cuáles (renta, IVA o sociedades), cuánto y a cambio de qué gastos sin cubrir; o su invocación a las clases medias como perjudicadas por la crisis, ignorando a al menos un tercio de la población española (los pobres, los parados sin expectativas, los expulsados para muchos años del mercado de trabajo, los que precisan prestaciones sociales para vivir dignamente) que se queda bien por debajo de la clase media. Ahí es donde creo que deberíamos fijarnos. No en si Aznar quiere levantar nuevas Covadongas dentro de su partido, si lo hace por nostalgia de sí mismo, para desprenderse de su aburrimiento, por viscosas razones psicológicas o para defenderse preventivamente de no se sabe qué amenazas próximas (todo eso se ha dicho), sino en qué estandartes esgrime.

¿Quién teme a Aznar? ¿Se tiene miedo de que recontruya un discurso capaz de aglutinar a votantes desencantados? Algunos cuadros del partido pueden estar desconcertados, pero a los ciudadanos debería parecernos bien que se visualizasen cuantas más alternativas políticas mejor, y no que queden latentes en madrigueras que algún día estallan. Sinceramente, estamos enfermos si criticamos que Aznar "hable", y no criticamos lo que ha dicho. Porque lo grave, para mí, es proponer una salida a esta dura crisis social que sólo mira a la clase media, sin aludir a la pobreza y desesperación de varios millones de españoles que están sufriendo especialmente las consecuencias de la desigual escasez. A eso es a lo que habría que darle respuesta, y no a las conjeturas sobre sus movimientos tácticos.